El derrumbe de un periodista de personalidad potente y definida –y más, si es el director del rotativo- tiene, en la prensa, efectos de algún modo ciclotímicos. O mejor, de vacilación en la identidad reconocible del periódico. Incluso, diría que el diario entra en búsqueda de una identidad enérgica y diferente –con anterioridad, a veces, al destronamiento que se intuye. Con periodo de tensión periodística deshilachada y floja –y con movimiento de vigor y remontada que se espera acontezca, y en tiempo razonable. Así sucede, lo estimo, en España con El Mundo. Con voz doble y potente, casi compitiendo en editorial o en la portada –de predominio claro por el director saliente, fueran cualesquiera evidentes sus deméritos.

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