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JLM es un filósofo. A él le oí decir que la filosofía –como la poesía- es un acariciar las cosas con palabras a fin de que, a partir de ahí, una verdad se manifieste. Entendamos: no una verdad rotunda como una pedrada en el cristal de la ignorancia, mas esa verdad que describen las ondas de las aguas –resbalando, lluviosa, en los cristales. Del mismo modo, decía que los Evangelios le parecieron siempre textos sagrados –inspirados- no por lo que en sí mismos dicen, mas por la autoridad del lenguaje que en ellos anida y los expresa.

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