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No sé si, a estas fechas, aún tiene sentido hablar de la penetración de internet en el modo de vivir moderno. De las redes sociales –incluido, o sobre todo. O si, más bien, no hay un configurarse próximo y recíproco tal una recta asíntota infinita. Tampoco sé si, las cosas de este modo, la creación en internet de una identidad individual es necesidad moderna, capricho o estrategia. Pero en la red, como en el mundo, adquiere más vigor quien moviliza y comparte eficazmente contenidos producidos por terceros –que quien construye o crea una información o un pensamiento restringido. Y a esa plataforma cibernética, construida y asociada a un nombre o a un pseudónimo, se la llama identidad -con fruición de quien adquiere una notoriedad que, en ocasiones, no esperaba.

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