Las palabras –los nombres sobre todo- gozan también de su popularidad y su descrédito. Por el interés –que, lacayas, a su servicio las somete. Hasta el lugar en que hablar se torna inconveniente: por el rechazo que produce el uso de términos proscritos, o por la dificultad que se crea con vistas a nombrar cosas existentes de hace mucho. Así, la región que los romanos del imperio denominaron los mauros –por el tono de la piel oscurecida-, que crea en nuestro siglo a Mauritania y que en España suscitó la denominación de los moros. Ni árabes, ni musulmanes, ni magrebríes, ni bereberes son bastantes a suplir lo específico del nombre ahora repudiado. Con interés, de fondo, en que la proscripción del nombre genere réditos en cosas de sociedad o de política. Igualmente y en tema diferente, la nación –término indefinido, cuyo reclamo importa conocer a quién excluye.

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