Como un recurso plausible la iniciara el niño a la vuelta del colegio, para que nadie entreviera el ensimismamiento que por medio de ese juego procuraba. Y así esas idas y venidas a los campos aledaños, para jugar él solo, la caja de zapatos colmada poco a poco de cantos rodados, de pizarra diminuta, de calizas… Esa caja que en su soledad prendía entre las manos, que en el suelo dejaba de su alcoba y revolvía –desordenaba y ordenaba paulatino, pausado y de rodillas. Hasta que las conversaciones de mayores en el barrio y en la casa, comenzaba a reputarlas ajenas tal lo eran a sus ojos los juegos infantiles. Como escapando de todo –con ese talismán que lo llevara hasta sus años varoniles, a la madurez, la edad provecta, escapado de sí y en soledad que –sin luz ni sentido- lo cegaba.

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