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En su Teoría de la expresión poética, Carlos Bousoño habla de un punto común entre la poesía y el chiste: lo que denomina la ruptura de nivel. Ese punto, freudiano un mucho o un algo al menos, en el que el discurso rompe la expectativa de la razón –cuando no la de la lógica- haciendo brotar el destello de la risa, la sonrisa, el placer del verso que sorprende y acertado. En chistes, los hay conocidos –desactivado, por ello, parcialmente el mecanismo sorpresivo-, y los hay viejos: que reenvían a un mundo de referencias caduco o repudiado. Producen tristeza los unos, reconocimiento los primeros en cuanto al vigor de su chispa que reenciende su destello –aunque el conocimiento lo haya atenuado o a veces lo amortigüe. Tal en ocasiones sucede, en otro orbe, con el verso.

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