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Fernando de Villena, escritor abundante de versos acertados, cortejador de lo bello y ávido de amistad contrastada y generosa, escribe incansable desde el retiro interior de su atalaya. Sin apartamiento del mundo, sus pequeñeces irremediables y miserias, mas comprometido en los adentros con ese afán juvenil que lo inclinó en su día al gestar de su obra –indefinida, inasequible a la cancelación de lo acabado. Para otra ocasión, los dos últimos títulos que me hace llegar o que me entrega. Hoy traigo aquí un sincerarse que, público, acerca una verdad hasta nosotros o alumbra una emoción y un pensamiento: que no cesa de escribir ni interrumpe su obsesión y su deleite, no por aguardar aplauso o memoria de los otros –si bien, no los desdeña-, mas por hallarlo necesario al entenderse de sí mismo, retrospectivo y futurizo en todo y sin embargo.

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