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No hace tanto que el sentimiento más común del usuario de internet era el de hallarse en lugar anchuroso, anónimo y lleno de libertad. Estas dos últimas características, unidas en un concepto más o menos irresponsable del arbitrio personal. Pronto comenzaron los avisos –que continúan, pues persiste la irresponsabilidad- acerca del espejismo del anonimato, y de la vigilancia exhaustiva y el muy férreo control de cuanto transita por la red. Avisos a favor de la salvaguarda de la intimidad, así como contra el sentimiento de una impunidad pueril. Hoy, por curiosidad más bien, he visitado una página que recomienda la franqueza –en internet, y con propósito comercial. Que no se riñe con la discreción. El marketing, la audiencia y la monetarización, al parecer aconsejan no mostrarse en la red como eco de fatuidad indistinta y cambiante –mas en figura de voz, reservada y discreta, muy única y personal.

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