Algún día, creo, habrá que defender la dignidad de la palabra cultura. Yo la recuerdo, de niño, como cosa de sabios y aburrida: bibliotecas donde te reñían al menor movimiento o ruido más minúsculo, música clásica en televisión en blanco y negro, conferencias tediosas de oradores correctos y engolados… Después, en aquel estallido popular de final de los setenta, comenzaron los políticos a hablar de la cultura trasladada a las manos humildes, dignas e inocentes del pueblo soberano: proliferación de peñas aragonesistas o huertanas, grupos de coros y danzas compuestos por vecinas, amas de casa en merendola de excursión y fiambrera con frito de tomate. Más reciente, las culturas en plural: así –la cultura catalana, andaluza, gitana, musulmana… Asociadas a costumbres, acentos y lenguajes, religiones. Maneras de dividir, de crear diferencias y exclusiones. Detrás, siempre y en toda ocasión que yo haya conocido, alguien se apropió de la noción con uso político de cariz torticero –interesado. Si un día la cultura –el cultivo de sí, la exigencia de sí mismo- tan sólo distinguiera entre quien la quiso obrar sobre sí propio y aquel otro que fuera negligente…

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