En cuestión de cocina, hay también conservadores. Gente conservadora, digo. Quien, en el paladar, tiene establecidas más o menos rigurosas sus rutinas. Yo recuerdo cuando, adolescente casi, por vez primera me dieron a probar con reprobación espontánea de mi gusto, los garrofones –en su correspondiente paella. Con exactitud valenciana de cocineras, y en su huerta. Hoy, delicias del gusto experimentadas en años transcurridos, no incurriría en rigidez tan injusta y tanta. Hay límites para el experimento, claro está, dependiendo de la idiosincrasia del sujeto. Pero el mundo del sabor resta inagotable –infinito, un cocinero avezado con acento magistral me relataba. De hecho, con muchos años disfrutados de los manjares que los fogones destilan, considero un hallazgo un plato autóctono y virginal en un viaje –sin precisar ningún asomo de exotismo.

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