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Un buenismo en política española, no sé si hoy periclitada su vigencia, me ha traído al pensamiento la querella del amor puro -en teología de siglos dorados y pretéritos: si yo supiera que –por sólo yo amarlo sobre todo- Dios me habría de condenar, ¿sería legítimo que, aun así, yo lo amase en tal manera? La respuesta de Bossuet: Dios nos hizo de naturaleza, que en todo y siempre busquemos nuestra conservación y nuestro bien. Amarlo con gravísimo perjuicio de sí, contravendría el designio del Creador. Y vuelvo a la política: el buenismo sin carne pecadora y sin sustancia mortal, dimana de una causa irresponsable -debilidad de mente o de carácter, egoísmo en cálculo, simplicidad de maquinación, o complejo a definir- que sería un mucho conveniente en cada caso establecer.

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