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El amigo J.A. me lo dijo en ocasión en que se hallaba en la cresta de la ola de popularidad, en su pueblo: no quiero yo que me dediquen una calle ni me pongan una placa –que, después, otro te la quita y quedas corrido ante todos. Incluso sin cortesía de aguardar, al menos, que previamente hayas muerto. A mí, aquello de la cortesía de que otros aguarden la muerte de uno mismo me dejaba un tanto perplejo: como quien ve la lógica estrellarse contra un imponderable que el común prefiere posponer en sus pensamientos y razones. Pero casos hay, y por ejemplo. En la localidad española de Alcantarilla –junto a la céntrica ermita, que otrora fuera erigida en las afueras, de San Roque- una plaza elevada que siempre y desde siempre se llamó la Plaza del Aire. El motivo, lo supongo. Una visita, en tiempos actuales, del obispo Reig Pla fue motivo de que el concejo mudara el antiguo nombre. Sólo que, trasladado el obispo y tras criticadas declaraciones relativas a la salubridad del sentimiento gay, el mismo concejo retiró el nombre para retornarlo al que siempre tuvo y que creo que nunca había perdido. Las declaraciones del obispo, las reputo un pretexto. Porque la atribución de la plaza no pudo ser leal en estos tiempos nuestros. Fue acto de adulación. No pudo ser –ni es pensable- una atribución sincera.

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