Los adjetivos, los usaba para acomodar el ritmo de las frases que escribía –a las sílabas precisas, al acento, a la luz tamizada de vocales, al ruido de cristales que dejaban las consonantes trabadas. Pues el pensamiento, directo y cierto en la construcción de verbo y sustantivo –predicado, forma verbal y sujeto, ante todo en los principios- precisaba de modulación sonora, de música que trajera en las palabras un hablar sideral -que suponía vagaroso en las esferas.

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