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Fue Presidente en el instante en que la modernidad amenazaba con pasar de largo –para siempre- por la historia de esta España. Su agonía, puesta en los medios esta tarde sobre todo, ha teñido de una nostalgia inteligente algunos noticiarios –no tanto las tertulias que he escuchado. Como trayendo al sentimiento la evocación de unos años que fueron cruciales y encrucijada. Yo recuerdo cómo el Cardenal Tarancón –otro grande del momento- me hablaba de la habilidad de este Presidente. Más que de una visión de la meta y de la ruta –un juego de cintura para bandearse ante la circunstancia perentoria y grave siempre. Y tal vez esto haya sido en una parte la transición política en España –unido ello, de modo indefectible, a una buena fe que impregnó la acción de la política y las actitudes ciudadanas. Con la Constitución, sin hilvanar en pespuntes esenciales –fiada en la persistencia de la buena fe que en aquel instante la fundaba, y en la lealtad de los partidos. Hoy, recuerdo aquella moción de censura que Felipe González planteara –discurso parlamentario donde se mostraba el gatazo político que había de ser más tarde, y que ya lo era sin duda. La entrada de la intriga del partido, del interés pequeño y la corrupción que comenzaba –el escándalo de Juan Guerra sería, hoy, juego infantil en el patio de allegados y políticos. El inicio de un despertar o un desengaño –la política, el país tal vez, en granjería. Hoy, la televisión se ha teñido de nostalgia –de un hombre familiar que se nos va, de una época y un modo de entender transitorio quizás en su momento, que hace lustros que escapó. Que se nos ha ido.

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