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Ese mirar barroco sobre las cosas del mundo: escena de una representación donde actores nacen y mueren –se presentan, y hacen mutis. El mundo como representación –a lo burgués, lo romántico -y más tarde. Así recuerdo, niño, las calles nocturnas solitarias de una aldea, postigos y puertas cerrados del invierno. La vieja con hijos de su hijo, sonido en el silencio de pasos que resbalan sin asfalto –los niños, preguntando sus cosas con voces aflautadas que cortan el silencio. Y recrimina la abuela –que no griten, que hablen voz secreta y callada en los medios de esa noche: que a nadie importa por dónde ellos van o el lugar donde caminan. Discreción, temor o precaución ante el peligro incierto e improbable, y los niños no saben si temer una amenaza escondida en las sombras del recodo, o si algo hay de malo en caminar por la noche –y que se sepa, por sus voces. Hace años que la vieja ya no existe. Y los niños avanzan –silenciosos y pretéritos- por la senda cansada de los años.

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