Etiquetas

,

Si visité –por primera vez- la ciudad española de Alcañiz, en la comarca del Bajo Aragón, no fue por sí –mas por hallarse en la ruta del tambor y el bombo: esa ruta de pueblos sembrados de estruendos percutibles, en los días sagrados de la pasión de Cristo. Alguna vez escribí sobre esto en el Blog. Mas no sobre Alcañiz, que lo reputo desinencia en este aspecto, sino por lla rompida de la hora en Albalate del Arzobispo, o en Calanda por ejemplo. Alcañiz me parece más bien poblachón con restos de abolengo, pero desangelado. Tiene, no obstante, su paseo por el centro –que la oficina de turismo puntea en el mapa callejero con referencias monumentales ralas. Entre otras, los pasadizos, bodega y nevería en el subsuelo del ayuntamiento y de la plaza. Se accede desde la misma oficina de turismo: tres estrechos pasadizos subterráneos de longitud escasa que conducen, cada uno, a lugar ninguno –al llegar al término, media vuelta cabeza gacha por no golpearse con las achaparradas bóvedas talladas con desmaño a martillo y herramienta. Tres pasadizos subterráneos, húmedos y suelos encharcados, y dos placetas pequeñas -con audiovisual de relleno y unas pocas piezas en piedra y en cerámica de hechura tosca. Nada que no se vea con más comodidad, y sin interés menor, en el folleto disponible. Por bajar, nada menos que dos euros veinticinco, si va uno solo. Si son dos, cuatro cincuenta.  Para comer –eso sí- el Asador Casa Luis, Paseo Andrade –junto al río Guadalope, en las afueras.

©

Anuncios