Todavía se escucha de cuando en cuando que autoridades religiosas han reconocido la existencia de un milagro –en causas de canonización promovidas en la Iglesia. Pero no se puede decir –Deo gratias– que la existencia de tales prodigios sobrenaturales tenga vigencia, ni que nadie la espere en el mundo que hoy vivimos. Otros momentos hubo –no digo de credulidad ingenua, puesto que es algo que desconozco, pero sí de necesidad de creer de modo religioso en cosas extrañas y tangibles, que se tocan. Milagros que sólo con ingenuidad pueden ser narrados, y con credulidad creídos: aquel amputado de una pierna en la ciudad aragonesa de Calanda –que despertó, extrañado, con la pierna regenerada y crecida nuevamente. Por ejemplo. También, en Morella –Carrer de la Mare de Déu de la Vallivana- un azulejo prendido en una fachada explica su ilustración con esta leyenda: en esta casa obró San Vicente Ferrer el prodigioso milagro de la resurrección de un niño que su madre enajenada había descuartizado y guisado en obsequio del santo (1414). Me da –no sé por qué- que la fecha referida, Renacimiento pujante, no era dada a credulidades tantas. Que tal vez el milagro fuera inventado con posterioridad barroca. Con la simplicidad de estos eventos: reconstruir materialmente el cuerpo, sin considerar las circunstancias que hacen compleja cualquier realidad corpórea en los enmedios del mundo. No se considera, por ejemplo, a qué vida se condenó al infante redivivo –si conservó de aquellos hechos terribles la memoria. Como tampoco qué fue de la madre enajenada, ni qué hizo por ella el poder milagrero del santo. Estas consideraciones no las traigo aquí como argumento contra una mentalidad dualista –otros mejores habría, no sé si definitivos-, salvo que la objeción consistiera en la potestad que algunos se atribuyen de legislar mundanalmente sobre cosas que atañen al espíritu.

©

Anuncios