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El trabajo concienzudo, el escrúpulo –también- en dar un texto a la luz. El cuidado minucioso –la exigencia irrefragable, que no la perfección. Los he conocido como un modo del amor –en la forma en que lo concibió un pulidor de lentes y filósofo a su vez: una alegría acompañada por la idea de una causa exterior. He conocido también ese amor como una grave expectativa y hasta una responsabilidad. Un compromiso que el escritor fue creando –ascético y amoroso; ante otros, ante un texto y ante sí.

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