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De mañana, camino de una tesis que defendía un amigo, entré en una concurrida cafetería del centro de la ciudad – la ciudad entrañable de plazas soleadas, de terrazas amables y floridas. Concurrida por la hora, camareras de uniforme funcional –presurosas de la barra hacia las mesas, de las mesas a la máquina del café, y de aquélla a las vitrinas de los dulces y los bollos, para regresar nuevamente alternativas a las mesas y a la barra. Un cortado, por favor, musité a una de edad mediana –próxima a mi lugar y de espaldas todavía. Vuelta apenas, su tarjeta visible con el nombre –en la solapa- me trae a la memoria, por coincidencia exacta, aquella Consolación a Marcia, obra mediante la que Séneca pretendió consolar los lutos de esa persona allegada. Por lo que a mí hace -regresado más tarde de la calle, pasadas las horas y ajeno el pensamiento a los ajetreos subsiguientes del tráfico y las aceras-, di en meditar sobre las ocasiones aquellas en que la muerte ha pasado por mi mundo, cercana más o menos según las ocasiones. Veces en que –penosa enfermedad por medio- pensé que arrebataría a alguien que, para sus deudos o cercanos, ya se había ausentado de antemano. Otras en que acudía el pensamiento al abrigo del recuerdo, o evocación del trato dispensado en los días compartidos. Otras, ungido de religioso dolor –estoico un mucho, y en ello tan occidental cristiano. Pensé también, junto a estas razones y otras que no vienen a este asunto, si no fueron coartadas razonables ante el drama ineludible –si no será también coartada este pensamiento último, ante algo que repugna al pensar y a su distancia. Que se impone y arropa estrechamente a nuestro cuerpo, como sucede –desnudos, escuetos, sin discurso- con los hechos.

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