Dentro del vagón del metro de provincias, la luz artificial y perenne titilando en la oscuridad plenaria de los túneles, el vaivén en las curvas –en los cambios de vías, o de agujas. Aquella sensación maloliente, casi acre, como de quien habitara las entrañas de un gusano veloz e iluminado. Así dirigía su camino a la morada –apartamento modesto en avenida perimetral, casi poblada, de barrio de suburbio. Dentro del vagón y en equilibrio precario, sujeto a los agarradores horizontales del techo. De pie, por lo tanto, y vacilante. Dos parejas tortolean en asientos separados. Y un top-manta –negro, negro. Su pensamiento apenas repasaba aquella rutina diaria y sin sentido –casi tanto, como buscar cada día palabras nuevas, bellas, recrecidas, en su rol de vendedor en tienda de textiles antañona.

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