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Cuando cosas muy antiguas sufren una transformación, o cambio en los fondos y en la forma, suele acontecer en ese proceso un instante inestable –en el que lo antiguo ya no es, y lo nuevo no ha llegado. De ese instante intermedio, importa en estas líneas su cualidad de inestable. Y propongo una imagen al respecto: en los noviciados de monjas –perdidos los modos corporales que expresaban recogimiento, constricción a la regla religiosa, o beaterío simplemente… pero no arribados todavía otros modos seculares –de compostura hodierna en las formas y expresiones. Entonces era de ver novicias de voces desacompasadas –no estridentes-, de modos faltos de norma o de medida, de andares desgarbados –casi hombrunos mas de edad inmadura, adolescente. Lo evoqué en Carnaval de una ciudad española cuando –entre comparsas diferentes y variadas- tres adolescentes, varones casi imberbes, recorrían sin pauta ni concierto las calles empedradas con hábito de monja y tocados. Trasladaban un aire inquietante y verosímil –salvo en los bombos y tambores que, enjuerguecidos, tañían.

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