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Cuando se lee al Marqués de Sade, Los infortunios de la virtud, sorprende la reiteración inacabada y obsesiva de maldades de naturaleza asemejable. Tal parece que el mal se muestre en su pureza: cuando el acto que se inflige no alcanza más sustancia que la provocación del daño –y en ello, ninguna distinción entre los otros y los unos. Neutralidad anónima –repetitiva e indistinta. Así, en su realidad tangible, tampoco la maldad precisa –necesaria- hallar finalidad externa o justificarse en razón e inteligencia. Una maldad ciega que pulsa un desacorde en ostinato. Y entonces, cuando el coro de plañideras –y el verdugo- arrecian su falsa letanía, a las mientes viene el dicho que Lola Flores dejara inmarcesible: aquello de… ¡si me queréis… irse!

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