No evito hablar, en todos los casos –siempre-, de asuntos que desconozco. Pero sí, pronunciarme –y menos categórico, en esas circunstancias. Además, rehúso absolver o incriminar con mis palabras: maneras, en ambos casos, de planear indebidos sobre cabezas de otros. Vaya esto por delante. En la actualidad, hoy –que no en la historia-: la cuenta supuesta de un Senador en Suiza. Aquí, mi ignorancia sobre helvéticas cuentas secretas, sobre normas antañonas o modernas al propósito. El desconocimiento general, también, y perentorio de la verdad ceñida al dato –que alguna luz aportaría, o lo pudiera, sobre el caso. Mas hoy, ello es lo menos –o así lo entiendo: pues una vez que el escándalo general, reiterado, universal y craso, ha impregnado la faz de la política –se asiste a un estado de excepción en la pública opinión, en el enrocarse de síndicos y formaciones de partidos. Caldo en el que adquiere relevancia el principio general -que, en este estado, encierra más peligro ser hallado sospechoso que haberse demostrado ser culpable.

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