El agua, verde –verde. Llena de ovas. Estancada y clara en sí, pero de reflejos verdes. En el charco aquietado, donde el manantial cercano -no la mira, sino que altivo la ignora. Aguas que perdieron aquel rumbo cantarín que otrora las llevara: aguas quietas –sin destino, sin sentido- detenidas en su estanque, truncada y muerta su vía. Desdeñadas del aguador transeúnte -que el cántaro sediento hasta ellas no arrimaba. Claras sin embargo, frías, antes de ser enturbiadas -por la bota resentida que se hunde en sus entrañas.

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