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A Murcia, la conocí como ciudad envidiable para ir de tapas. En primer lugar, porque es ciudad bella, grata y apacible, y llena de aliciente. Por quien no lo sepa todavía –y vaya sin reproche de spot, ni arrimo de publicidad alguna. La conocí como lugar de tapas, de barras con lustros prolongados de gloriosa tradición de ventorrillo. Por el centro –Catedral, Trapería, Santo Domingo, Platería, Santa Catalina, San Pedro, Plazas Mayor y de las Flores. Aquellos “Los lebrillos”, “Los zagales”, “El corral de José Luis” –el que era antes-, en la Plaza Mayor el mesón de José Ferrándiz, “Las Mulas” o “El Pepico del Tío Ginés”. El “Gran Bar” o “La Tapa”, por ejemplo. Lugares que fueron, algunos que hoy sobreviven, otros mantenidos con un tono más moderno. Después, los tiempos fingidos de opulencia poblaron la ciudad de bares snobs y refinados –de precio prohibitivo. De franquicias y cadenas. Murieron algunos de los de antes, otros subsistieron con acomodo gustoso a los tiempos bárbaros del dinero, la barriga y –lo dije- la opulencia. Hoy, más pobres todos y más cuerdos, recobra el pulso murciano el trasiego del tapeo. Con calidades y gustos acordes al respetable. Y sin la afrenta postrera del abuso –la estafa o el clave, el escueto ninguneo.

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