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Hace ya veintinueve años que Antonio Gala estrenó “El Hotelito”, en el teatro Carlos III –de Albacete. Ya el diario ABC tildó de oportunista entonces la concepción de esta obra. Cierto que el susodicho periódico no pecaba por entonces –ahora, creo que tampoco- de veleidades autonómicas. Lo vengo a decir porque la obra pone en escena a ciertas Comunidades Autónomas españolas, personificadas en cinco actrices: Madrid, Cataluña, Galicia, País Vasco, Andalucía. Con su hotelito –España- puesto en almoneda, y Europa llamando a sus puertas con presteza. Todo con entonación de muy años ochenta. Con alegrías de folklore y de farándula, y con mensaje de cuán distintos somos –pero qué parecidos, y cuánto nos queremos.

El mismo Antonio Gala, entrevistado por esas fechas en el diario EL PAÍS, hablaba de identidades y diferencias –que están ahí, decía, y es precisamente eso lo que hace que la convivencia sea más difícil. También hablaba de unas invariantes que son el maniqueísmo, el desdoblamiento, la posibilidad de una variedad absoluta, la contradicción permanente y un cierto fervor por lo exterior…

Si don Antonio pudo columbrar el desarrollo ulterior de la cuestión en España, es pregunta que carece de sentido. Pero hoy, casi treinta años después, cabe preguntar si no fue ya dejación de posiciones figurar el país tal si fuera un hotelito. Por no hablar de la usucapión de los partidos sobre los aparatos gubernamentales a todos los niveles, y el desmantelamiento de la estructura integradora del Estado. Tampoco de fracturas entre regiones que tardarán –y mucho- en restañarse. De la sinrazón, o la ambición escueta. O también, estando como están las cosas –de crudas y maduras- si se puede mantener la ingenuidad –tal hace El Hotelito– de que cuanto se dice, y todo lo que se hace –la familia lo soporta indefectible, y no se rompe.

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