Al contraluz se ve, en la ventana oscura apenas de aquel patio, una figura cortada. De un morador quizás, que ausculta la oscuridad silenciosa de la calle. Era en el Albaicín, cercanías del carmen de Aben-Humeya –convertido después en lugar de copas, o alterne refinado. Pero aquella noche –la ventana que digo, su oscuridad y su silencio- hablaban de una soledad intensa, de cuando las noches eran noches y estrellas las estrellas. Cuando el desvalimiento se uncía a la piel y respiraba con nosotros al arrimo de calles vacías y empedradas. Las que nadie, sin precisión y por temor, de noche transitaba. Al contraluz, la figura recortaba su respiración, su hálito: al amparo sin duda de un hogar y de una lámpara –con su lumbre, su estera y su compaña. Pensando si la luz, o el día venidero, más que alumbrar no encubrirían aquella soledad prieta y antigua -su miedo, su flaqueza, su zozobra.

©

Anuncios