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En el teatro español hay una generación, siglo XX, con rasgos muy propios y españoles –que destaca. Aquella a la que ha pertenecido Miguel Mihura, por ejemplo. Sin pretensión de intelectualidad artificiosa, sino trasmanando humanidad a flor de piel –psicología, retrato de gente común, popular, buena y sencilla. Ayer asistí a la representación de Maribel y su extraña familia, comedia bien ejecutada y que al público lo pone a su favor desde el inicio. En el Romea, de Murcia, con Lucía Quintana –mujer, rotunda y estupenda- con Ana María Vidal y Sonsoles Benedicto –dos abuelas que saben lo que quieren saber, e ignoran lo que creen inconveniente. Me sentí alcanzado por algo del aliento del teatro clásico de España: limpidez de personaje y argumento, cadencia inexorable de la trama –si bien, ahora y siglo XX, desnudada la acción de solemnidades de otro tiempo –mas caracteres, sin gran averiguación, yo diría que los mismos.

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