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No me mueve sólo el afecto, no. El afecto que, de mí, mereció José Antonio Molina Sánchez en los años últimos de su vida. Un pintor –así, la entrada que en el Blog escribí sobre él hace ya un año. No me mueve el afecto –y bastaría- ni tampoco la envergadura de su obra. Ni su memoria tampoco. Me mueve la justicia. Recuerdo aquellos meses en que él acariciaba dotar su patrimonio para una fundación que llevara su nombre como emblema. Cómo me comentaba –discreto siempre, indulgente y con respeto- las conversaciones que para ello mantenía con la Consejería de  Cultura en la Región de Murcia –sus vacilaciones y su decisión última. Su interés –sine qua non– en que hubiera para esa fundación una sede estable, en lugar independiente y digno: finalmente, me dijo, la casa modernista de Díaz Cassou –en el centro de Murcia. Y recuerdo su satisfacción, una vez completado el acuerdo y llevadas a efecto algunas de sus cláusulas. No hace mucho, estuve en Díaz Cassou para asistir a un concierto de mandolinas y bandurrias. Extrañado, una azafata me dice que los cuadros allí ya no se hallan: ocupada la sede por la Consejería de Cultura, tras la enajenación de su lugar anterior por causa de la crisis. Los cuadros, me dice, en las dependencias del Museo de Bellas Artes, mas no expuestos según fuera el deseo del donante. Hoy, consulto la web de la Fundación Molina Sánchez: camino de convertirse en una web abandonada. Por afecto, ahora sí, por envergadura y por memoria, me aliviaría una pública aclaración –o, mejor, un desmentido.

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