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Valencia hoy está menos esplendorosa que otras veces. Algo ajada y con calles no impolutas. Mendigos también que sobreabundan –la pobreza: en la entrada de un templo, por ejemplo, un cepillo pide a los turistas depositar cincuenta céntimos para ayudar a familias en el paro. La crisis, tal vez, o la mala administración de otras riquezas. Pero la luz sigue bañando melosa, acariciadora y no estridente. Y el Mercado Central, bello en su andamiaje modernista: dentro, paleta de Gauguin –el salvajismo de color en los tomates valencianos que se hinchan sin reventar, tersos y rosados; del pescado y el marisco brillando en puestos limpísimos sobre lamas de hielo machacado, con colores asalmonados, y grises o blancos; garrofones verdioscuros; los vasos transparentes con su zumo de naranja; legumbres que motean con severidad los colores tono pardo que cada una ostenta a su manera. Gentío y amplitud de los espacios. El placer de la vista que disfruta y que retoza en cada puesto: salvaje a lo Gauguin, o con la suavidad distante de un Sorolla.

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