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Antonio Enrique, escritor –en Guadix, contexto singular para su ingenio. Contexto de payeses, de mercado de comarca, de ambiente muy decimonónico, con su catedral y su alcazaba. Una vez lo visité allí, en la ciudad que digo, suya no sé si de adopción o interior acogimiento. Aún no había recorrido yo los márgenes de su novela -suya por brillante y por tremenda: La Armónica Montaña, donde el maestro Egas labraba los cimientos iniciales, arquitectura mágica, esotérica, como una realidad –la novela- sustentando sus pilares en la emoción templada y la memoria. Con él, con Fernando de Villena, visité la Calahorra –castillo del Renacimiento en cercanías, herido por el paso de los siglos y el descuido en ese tiempo, sin custodia. En el bar, a mediodía –huevos fritos, patatas, costillas y su vino- Antonio Enrique relataba un proyecto de novela, otra y nueva, sembrada asimismo en la magia y en la historia –el castillo por prenda en su entusiasmo, sus palabras inspiradas -en los ojos.

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