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A Machado, Antonio -su Juan de Mairena– lo reputé hombre de aplicada y fina inteligencia –ya siendo yo estudiante. Hoy, lo mantengo. En ocasión, hablando con mi amigo JH, encarecíame él la superioridad de un García Lorca o de un Cernuda. El resquemor que debió de producir en don Antonio el éxito americano de Lorca, mientras él enseñaba lección escasa de enseñanza media en pueblos fríos y húmedos manchegos, castellanos o andaluces. No lo niego, aunque tampoco tengo posibles que avalen tal apreciación.

Pero hablaba, en los comienzos, de su Juan de Mairena, esa obra –no sé si así llamarla- constituida de pensamientos sueltos, discretos, ocurrentes, capaces de provocar. Por ejemplo, aquel donde habla sobre la dificultad de amar a Dios sobre todas las cosas:

Porque ello parece exigirnos, primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero, que amemos todas las cosas; cuarto, que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a los mismos santos.

Tal si en las cosas importara que ellas mismas fueran objeto –no de evidencia, mas de fe. No repara don Antonio, sin embargo, en lo incuantificable de ese amor. Por si –nimio o despreciable- fuera irrelevante el diferencial que lo separase del que se profesara a Dios.

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