Después de Psicosis, poner en la pantalla una historia –tal el caso, ahora- de personaje con personalidad múltiple, es adentrarse en el terrero de los hitos del celuloide, de las referencias míticas que establecen el marco ineludible de interpretación, de escena, para historias en algo asemejables -sucesivas. Michael Lander, director, logra articular ambientes en pantalla –entre el way of life y la atmósfera culta –no burguesa- en decoración, en muebles clase baja, hostales y casucas en las orillas que el ferrocarril perturba con su tránsito ruidoso. Hechura que promete, interpretación –protagonista- que convence. Una historia, no obstante, que coquetea con el espectador culto –sin comprometerse, y al final no lo subyuga.

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