Conducir un vehículo es actividad que comparte algún rasgo propio del navegante inexperto de internet. Me refiero a la sensación de anonimato, y casi la percepción de una impunidad moral. Salvo cuando el conductor es identificado positivamente como infractor, claro está. Esa sensación de ser individuo aislado sobre el asfalto, por el efecto de la velocidad -que ya se aleja cuando el agraviado viene a tomar conciencia de la contingencia o situación. No sólo aquel que pasa de largo tras pisar un charco y embarrar de miseria al transeúnte peatón. Quien achucha con luces racheadas al vehículo delantero, por considerar que no excede lo bastante la máxima velocidad. Aquél que se abalanza sobre el paso de cebra, o quien atropella con el claxon nocturno o la música a todo gas. Una prueba, en su medida, para la autonomía y la integridad moral. Aunque, más que con otras consecuencias, donde nadie se escapa –sin saberlo necesariamente- es en las aguas sólo aparentemente calmas de internet.

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