Un comentarista que escribía por acá, enjaulado de rabia por una entrada que escribí sobre un chiringazo altisonante y de privado acceso en cierto litoral, me daba qué pensar acerca de la naturaleza recíproca de la verdad y del interés. Si la una –caso de que la haya- se mueve alguna vez sin que la empuje el otro. Yo, por mi parte no pretendo tocar verdad alguna ni traerla de los dioses como el fuego –antes bien lamo y relamo con palabras para que las cosas nos amen y puedan de nosotros ser amadas. No obstante, el comentarista de marras –sus palabras- me traían al recuerdo aquellos versos que en otro post trasladé, de aquel soneto que Marcos Zapata escribió: qué le importa a la luna, allá en los cielos, que le ladren los perros en la tierra. O, por crueldad literaria mayor –sinónimo de ironía, según estimo-, aquella sentencia de Torres Villarroel en el prólogo de sus Segundas visitas de Torres y Quevedo por Madrid, cuando increpa al crítico impenitente concluyendo de esta guisa: Dios te guarde, o te quite del medio, que para la falta que me haces, lo mismo me da que estés en este mundo que en el otro. No di a la luz, por supuesto, el comentario insolente de aquel comentarista airado, pues en este Blog –como se sabe- no se editan obscenidades.

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