Hay un lance, en cualquier coso que se precie, en el que el respetable enmudece en un silencio de respeto –convocado por nadie y casi unísono. Cuando el diestro se apresta a entrar a dar muerte al toro bravo –en suerte, pezuña cejijunta y hocico que a su matador lo mira de soslayo desde el suelo. Estampa equilibrada y casi inquieta: vertical el torero, espada no del todo horizontal que apunta y amenaza la serenidad inmóvil, horizontal y exhausta de la bestia. Silencio de las gradas. Un respeto. No ante uno o el otro litigante. Ante la muerte que, por algún lado y callada, se adelanta –retrocede, todavía no, y luego llega.

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