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El espectáculo de una batalla tumultuosa y cruenta, vista en la distancia –y a salvo, por supuesto. O el del mar embravecido (dijo Kant). Pongamos, también y por ejemplo, el incendio de un navío avistado a lo lejos desde una costa tranquila –desde donde quien ve nada puede remediar y nada teme por sí, aunque no sin sobrecogimiento y más que punto estremecido de temor. Así se ha mostrado lo sublime en casos, más que en teoría o en ejemplos. Por una dificultad en el concepto, a distancia de lo bello –éxtasis, aquí, que sobrepuja la racionalidad de la belleza, empujón capaz de provocar un pasmo subitáneo, emoción o íntimo dolor indefinido, difíciles de asimilar. Reciente, transitando vías secundarias entre campos y olivares, regueros y escorriores paralelos al asfalto. Tormenta, torrencial y atronadora. Aguacero. Densísimas sábanas de lluvia sacudida por el viento, que ciegan el paisaje. Golpeando el parabrisas del coche, detenido a seguro y temeroso –ráfagas que sacuden los cristales, sifones desbordando a borbotón hasta altura doble del vehículo que alberga y que apenas se siente protector. Peligro que amenaza y que no alcanza, que la razón no explica. Minutos interminables, enormes, estentóreos. Con el raso, después, transcurrido el tiempo de descuento de escorrentías y turbiales, el viajero reinicia su trayecto –pasmo que persiste y cosquillea, hasta la venta más cercana todavía con apagón de luz, con velas y chimenea humeante de humedad.

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