Era aquella mañana de un día de fiesta señalada, hora de multitud –cañas, tapas por los bares, mostrador en ventanas a la calle, de pie los más y terrazas para algunos. En un centro muy centro, de ciudad con animación, bullicio y tránsito de coches -de placer, de fiesta, de familia, para el laboreo diría que ninguno. Y allí, en la baldosa junto a la plaza espaciosísima, grande, con globos y con niños, tres mujeres vestidas para fiesta con leggings ajustados a la pierna. Una, que desviste su hombro para mostrar a las otras –circunstantes- mariposas tatuadas en el hombro, con alas de colores brillantes, minuciosos –llamativos. Bollicaos diría alguno, si bien frisando la treintena. En la calzada, tres carriles en un sólo un sentido, un coche usado, viejo, encanecido, con matrícula vieja –caducada, si tal ocurrir pudiera. Tres hombres ropa antigua, suciedad acumulada, gesticulan obscenos desde el semáforo en rojo. Las damas no lo advierten. Uno de ellos, en el asiento trasero, insiste con cara de ratón o de chorlito, orejas apalmadas hacia el frente. Las damas, a lo suyo. Verde. El coche que se aleja renqueante, quejumbroso. Los ocupantes no advierten el ademán caduco, extemporáneo, ante ojos de peatones que se creen trasladados a otro lugar, o a tiempo otro.

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