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Por qué este afán de hablar. Sin vanidad. Con palabras que buscan, que acarician. Que recorren los mundos –de todos, de cualquiera-, y las cosas. Este afán de tocar todo a punta de palabra –inquiriendo suavemente, buscando una verdad –no la suya, la nuestra punto menos, la verdad provisoria que en ellas balbucea y súbito se esconde. Por qué este hablar, estas palabras que no cesan –pues saben que no son definitivas. Ni todas ni ninguna. Que, si una definitiva nunca hubiera, jamás habría sido pronunciada –y que, con su verdad, irrigaría en su verdad a toda otra.

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