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Abuelas y padres modernos –cultiprogres- han acudido con niños –infantes algunos, otros casi edad de comulgantes- a la puesta en tablas del Cascanueces. Esa obra donde el ballet brilla tal si fuera un carrusel –una cajita de música, un capricho. No es una obra infantil, sin embargo. No para niños –por su duración, por algunos lances, valses o pasajes. A lo más, alguna que otra escena o movimiento. El adulto, sin embargo, ve ahí –sobre las tablas, entre el respetable y la tramoya, a modo de un juguete que no sirve para el juego -mas para recreo de la contemplación culta y madurada. Juguetes -tan perfectos, caprichosos y sutiles, ajenos a toda acción, utilidad o fin que fuera de ellos persiguieran. Disfrute para el sentido, y un abandonarse a la fantasía ostensible -al bello movimiento. En el Auditorio Víctor Villegas, y a cargo del Ballet Imperial Ruso –iniciado a fin de siglo por Maya Plisetskaya. Escena lujosa a veces, y otras infantil y juguetona. Donde música y argumento son ocasión para una realidad, para una escena -única, gozosa y divertida, de la danza.

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