Parece, con los años y con la aceleración del tiempo nuestro, que lo que hoy creemos verdadero puede cambiar raudo y sin motivo. Por la sola perspectiva del mirarlo. Recuerdo cuando en la escuela los juegos y cosas del deporte me parecían diversiones sin enjundia duradera. Persuadido de que otras cosas eran esenciales –la escritura, el mundo exacto pero lleno de sorpresa de los números, la ciencia y las curiosidades de su empiria. Cierto que no todos los colegiales entonces así lo percibían. Y era de ver –el patio, en el recreo- el bullicio de los más sin entrevero de degustación del infantil intelecto. Y, después o más tarde –mucho-, el tiempo vino a mostrar que la copia de riqueza que mueve el fútbol, por ejemplo –la capacidad simbólica, su remover y mover a las masas indistintas, su influir en el mundo y su política- hizo concebir la importancia del juego –gregarismo e inconsciencia- en la vida de la sociedad adulta. Quizás porque –contrariamente al niño- el tiempo decreciente del futuro nos entrega a una seriedad contingente y transitoria –quien sabe que juega y se la juega, que termina, que más temprano o tarde ya se acaba. Espacio de sacralidad alegre y casquivana con sus héroes, estrellas, semidioses que todo lo pueden –y se les autoriza, y les tolera. Mientras, en su brillo, duran.

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