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Hoy, por los telediarios y la prensa rosada o rosa –para nada, rojiza- pasea la fotografía de Felipe, el príncipe, con sus hijas –su mujer que asoma también, por el flanco de su izquierda, con mirada que reclama su derecho ante quien mira. Felicitación navideña de este año, tomada en la pinacoteca de Prado. Al fondo, el gran Velázquez exhibe su retrato de la infanta Margarita Teresa de Austria, con vestido rosa -rosa. Una pasada –con guiño- por la historia. Aquella de sus hijas –prometida de Leopoldo I- en quien Felipe IV reposó sus esperanzas de continuidad de la casa de Austria en el trono de España, descartada por supuesto la opción francesa –una vez consumada la renuncia a derechos sucesorios, por parte de María Teresa de Austria, su otra hija, casada con Luis XIV. Designio real truncado: el próximo Felipe de las Españas ya sería un Borbón –tras la guerra de sucesión borbónico-austracista. Con centralismo borbónico y decreto de nueva planta. Sorprende el posado de este Felipe novísimo ante el retrato –con sus dos infantas a los lados y su mujer en el flanco. Con la cuestión territorial hoy caliente, no sé si un guiño hacia el lado federal del austracismo. Ya se sabe: territorios independientes, unidos por su fidelidad a una común corona. Salvo que se trate de turistas posando –paseantes- en una de las salas impolutas del Prado.

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