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No pretendo ser el primero, no, que llame la atención sobre la aliteración de esa vocal abierta que es la /a/ y de las numerosas consonantes líquidas y silbantes –en este endecasílabo. Vaya sin embargo el tecnicismo, con ocasión de esa elegía a Ramón Sijé, de versos tan tremendos e hirientes por sus en medios.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos, y hachas estridentes,

sedienta de catástrofes y hambrienta.

Por ejemplo. Una elegía que, al gustador de los versos hernandianos, lo lleva al través de emociones diferentes que se anudan y se resuelven, confundiendo sus contornos las unas con las otras: desde la melancolía hasta el sentir dolorido, desde éste a la rebeldía, y de aquí hasta una sublimación sin los dulzores de la esperanza. Este verso, sin embargo -el que da título a este post-, ya casi al final del poema, produce el ascenso de los sones y las palabras en su propio aleteo acompasado e ingrávido. Como una sorpresa inmanente y sensitiva, que aguarda al lector al final del penúltimo terceto.

Una impresión que recuerda, y cómo –en otro tono y en muy diferente aliento-, aquellos dos versos finales de uno de los poemas de Jorge Guillén, las gaviotas innumerables:

Inmensa entre mar y dunas,

no se veía la playa

bajo los blancos inmóviles

de tantas aves posadas.

Dos niñas rubias al sol

suyo que las alegraba,

de pronto corrieron, no.

Quietas ya: maravilladas

ante la brusca ascensión

unánime de las alas.

Pero esto nos llevaría hasta las playas, el sol y los colores de Sorolla. Muy lejos, créanme, del ambiente de Orihuela.

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