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Yo lo frecuenté, un tiempo, en su vivienda. Un hombre bueno. Lo recuerdo, mayor, acompañado del brazo por Gloria -su asistenta: me llamo –con una lumbre en sus ojillos claros y seniles- José Antonio. José Antonio Molina Sánchez. Con la humildad connatural, nunca fingida, de quien vive en su grandeza, con hondura. En la vivienda, junto al salón, un balcón aislado con cristales transparentes: allí tenía utillaje de pintura. Sobre una mesa blanca, la lámina que a medias recién había trazado. Rostros femeninos, de trazo indubitado, esquemático y expresivo grandemente. Colores que –ora tenues, ora fríos, más cálidos, siempre limpios- bañaba una luz de mediodía, en el cielo inmaculado de su Murcia. En un momento, trazaba con palabras el bosquejo de una escena suya del pasado: …sin eso, yo no hubiera sido pintor nunca. Como si en esa palabra –pintor– recayera, tal una fe incansable y poderosa, el tránsito entero y decreciente de su vida.

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