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Anselmo Antúnez era hijo de Eleuterio Antúnez, encargado que fue de furriera y bujiería en la mansión de don Edelmiro, aquel indiano que retornara a España con afamado botín, una vez que Cuba fue perdida. Aunque la riqueza de don Edelmiro, más que por la copia de sus caudales, lo era por contraste con la harapienta escasez de aquella aldea próxima a la capital.

Tras su regreso a España el indiano había ido acompasando sus gestos con su posición recién estrenada, hasta lograr que trasfundieran el halo de una dignidad algo cacique, esa dignidad tan de nuevo rico -un punto canalla y un mucho autoritaria y vulgar. Eleuterio Antúnez lo sabía, y hacía por conllevarlo. Lo peor, cuando don Edelmiro –postura deliberadamente erguida y distante, brazo doblado en ángulo agudo, e índice admonitorio esgrimido con solemne movimiento de contrabalanceo arriba y abajo- extendía su autoridad hasta el vástago del aposentador: mira, Eleuterio: tu hijo necesita menos mimos y más azotes. Menos maestro y más arado. Que a este paso, no lo vas a hacer un hombre de verdad. O bien, de modo menos melindroso: mira, Eleuterio, que a tu hijo no lo quiero ver por aquí. Que ni me tiene respeto ni mira la autoridad. Con decirte que estaba con su pandilla, y ni se ha detenido, ni ha hecho señal de respeto al verme pasar… Cuando sabes que tu familia come de mi casa, y que por mí tienes tú una posición…

Anselmo Antúnez, ya más que adolescente y sin oficio, admiraba la posición de don Edelmiro. Soñaba cómo sería considerado en la aldea, si su padre –en lugar de ser mayordomo- tuviera la dignidad del patrón. A veces el resentimiento y la ambición impiden percibir la virtud; incluso cuando más cerca de nosotros está. Al precio de una pleitesía y de un ridículo mayor. Entonces, Anselmo buscó lugares desde donde compensar su nulidad: desfilaba, cofrade, mandamás ordenando tal o cual pueblerina procesión; solista inevitable –disfrazado de folklore- en los coros de la fiesta patronal; presto para disputar cualquier lugar público que le pudiera acarrear alguna aldeana notoriedad. Arribado por fin a la política, se pudo escuchar que el alcalde lo recriminaba una vez: tú sabes que comes de este ayuntamiento, y que por mí tienes tú una posición…

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