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El pasado jueves día 20*, según noticias, murió Maurice Blanchot. A sus 95 años. Un acontecimiento presentido que, sin embargo, nada resta por ello a la emoción. Como que su obra entera vive en este presentimiento: el de la muerte que obra en su interior. Él lo había dicho de muchos modos, lo había realizado con la hondura de su lucidez: “escribir es morir”. El escritor encierra su experiencia particular en el sarcófago de las ideas. Las palabras encierran en su interior un Lázaro que ya no puede regresar incólume desde su muerte. Estos días que han seguido al acontecimiento, muchos han escrito sobre él. Su obra por entero es una tanatología, he podido leer: puede ser, pero con tal que esta palabra no denote la inercia de lo inerte. La vida de Blanchot estuvo dedicada al ejercicio de escribir: “consagrada por entero a la literatura y al silencio que le es propio”. Al silencio de un sufrimiento impersonal que es de todos los hombres y que habla en la impotencia de la literatura. Un silencio que se interpone entre nosotros como exigencia ética. Maurice Blanchot se entregó a este silencio: desde sus primeras novelas “Thomas el Oscuro”, “Aminadab” y “La sentencia de muerte” a sus obras más discursivas, tales como “El espacio literario” y “El libro que vendrá”. Y desde aquí a sus textos de crítica: entre otros “Falsos pasos” o “El diálogo infinito”. Todos ellos, junto a otros títulos, traducidos al español.

Vivió como quien ha encontrado un secreto que horada el mundo: la distancia de las palabras en las que, escritor, se entrega. Para que más allá de ellas, en la otra orilla de la evidencia, alguien responda con la reverencia del respeto. Tal vez este secreto, que no es sino la renuncia por la que vivió muriendo, sea la razón de lo imponente de su obra, de su fuerza para producir la fascinación. Nadie lee impunemente a Blanchot. Incluso sin haberlo tratado, sólo por lo envolvente de sus textos, hoy es inevitable la emoción de haber asistido a una pérdida: la del amigo desconocido, la amistad que vincula por el poder de una distancia lúcidamente asumida. Tal vez éste sea el don mayor de cualquier literatura. Fue también el compromiso de Maurice Blanchot. Su compromiso primero. El que lo llevó a vivir retirado gran parte de su vida, como el que ha descubierto –y realizado- una sacralidad sin religión. Porque luego está el Blanchot políticamente comprometido (sus opciones de juventud; Manifiesto de los 121; proyecto de la “Revue Internationale”; Mayo del 68), pero al que él mismo quiso mantener separado del compromiso del escritor como un compromiso anterior, esencial, con su muerte propia, con la muerte de nadie, es decir con la muerte de cualquier hombre. Por esto es legítimo decir que, en su obra, Blanchot no cesó y no cesa de morir. Con una muerte que no cancela el diálogo, sino que lo extiende en profundidad. Con una muerte que no es don, sino discreción y retirada.

La misma discreción con que el pasado jueves día 20 murió, según noticias, en las afueras de París. Una discreción también en lo afirmativo de su obra, como una constelación de textos en cuyo movimiento ondulante las más dolorosas cuestiones metafísicas, los más graves temas políticos de nuestro tiempo se iluminan. Una obra central de nuestro siglo. Un mundo, he leído también estos días, de tinta azul marino, y deslumbrante de gracia.

 *Publicado inicialmente en: La Opinión de Murcia, viernes 14 de marzo de 2003 y en Espinosa, n. 4 (Otoño 2003).

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