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Hay ocasiones en las que un escritor querría poder preparar el lienzo, los pinceles, palpar y repasar los materiales. No como pintor dispuesto a ejercer su maestría, sino como quien espera que acontezca el arte.

Sin embargo, el escritor –como así el músico- no dispone de esa materialidad del instrumento, sino que aguarda ante el silencio, ante la cuartilla en blanco. Quizás por ello el escritor se vea en ocasiones tentado de impaciencia. Como si el acontecimiento que aguarda no debiera demorarse, enredar su devenir amoroso entre los medios que lo material le ofrece.

Y, a veces, a quien resiste la impaciencia le sobreviene el arte. Porque más allá de las cualidades del texto –que la literatura adorna-, se produce la escritura sin que en ella se contenga nada. No porque el texto derive hacia lo incomprensible, sino porque –siendo comprendido- no busca contener realidad alguna.

Hay obras literarias que contienen todo, con el esplendor de haber atrapado alguna verdad esencial a lo que describen sus palabras. Son obras literarias, tocadas de teoría, de historia y pensamiento, fanales luminosos que exhiben cuanto encierran. Son obras en las que la literatura, a sí misma se demuestra.

Hay otras que derivan, se niegan y se pierden, y dejan por testimonio una ausencia. Pienso en la distancia –no de estilo simplemente- en la que se encuentran “Crimen y Castigo” y “El Quijote”, las “Soledades” de Góngora y el “Cántico Espiritual”. Pienso en esa escritura que se muestra y que se aleja, que acontece, privando de lo esencial a la realidad que alberga entre sus palabras.

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