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…Granada era su alquería. Un dicho, cuyo origen desconozco, y que escuché en ocasiones en mis años granadinos. Querellas entre territorios, memoria o invención de emporios antiguos, de hidalguías o linajes, esplendores. Como niños que se aúpan, de puntillas, para superar en estatura al hermano –todavía- mayor.

Tengo para mí que, en España, la división administrativa en provincias contó en su momento –como un criterio ordenador- con la fragmentación de comarcas, zonas y territorios históricos. Como buscando reforzar la unidad y centralidad de la administración. Algo, en un principio, aceptado con más o menos naturalidad. Sobre todo, cuando la agregación de provincias en regiones venía a paliar la fragmentación provincial. Así, recuerdo cuando Albacete y Murcia formaban una región. Parte de los territorios del antiguo Reino, y obispado de Cartagena, –Elche de la Sierra, Yeste, Alcalá de Jucar…- quedaron bajo la administración provincial de Albacete, todos ellos subsumidos en aquella región biprovincial.

Sin embargo, la organización del Estado en Comunidades Autónomas ha venido a ignorar aquel consenso inicial, o lo que hubiera de él. Además, estas entidades políticas, de nueva invención, han consagrado el ejercicio de una cuasi soberanía dentro de sus respectivos territorios. De modo que aquellos que, con más o menos consentimiento, fueron redistribuidos en provincias diferentes quedan ahora enajenados en una muy diferente organización estatal. Lo peor, cuando la intelectualidad apologiza y reescribe el pasado en aras de una consagración de la novísima –y siempre provisional- redistribución de los territorios.

Ha poco, un amigo de Granada me hablaba de la novedad que –a su juicio- supone la creación de una entidad política con el nombre Andalucía, y –por el contrario- de la acreditadísima y potente entidad del Reino de Granada. Hoy, leo también un texto que sitúa el Marquesado de los Vélez en el contexto del reino nazarí, y ofrece como mera desinencia su fortísima integración -siempre dialéctica- con el obispado de Cartagena.

No ignoro los intereses ya gestados en torno a la nueva situación. Pero, quizás, una mirada moderna alcanzaría a ver la riqueza que se pierde en inventar reinos nuevos, en reconstruir o redefinir los antiguos, o en negar una política que antepusiera y recobrara el interés más general.

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