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…Granada era su alquería. Un dicho, cuyo origen desconozco, y que escuché en ocasiones en mis años granadinos. Querellas entre territorios, memoria o invención de emporios antiguos, de hidalguías o linajes, esplendores. Como niños que se aúpan, de puntillas, para superar en estatura al hermano –todavía- mayor.
Tengo para mí que, en España, la división administrativa en provincias contó en su momento –como un criterio ordenador- con la fragmentación de comarcas, zonas y territorios históricos. Como buscando reforzar la unidad y centralidad de la administración. Algo, en un principio, aceptado con más o menos naturalidad. Sobre todo, cuando la agregación de provincias en regiones venía a paliar la fragmentación provincial. Así, recuerdo cuando Albacete y Murcia formaban una región. Parte de los territorios del antiguo Reino, y obispado de Cartagena, –Elche de la Sierra, Yeste, Alcalá de Jucar…- quedaron bajo la administración provincial de Albacete, todos ellos subsumidos en aquella región biprovincial.
Sin embargo, la organización del Estado en Comunidades Autónomas ha venido a ignorar aquel consenso inicial, o lo que hubiera de él. Además, estas entidades políticas, de nueva invención, han consagrado el ejercicio de una cuasi soberanía dentro de sus respectivos territorios. De modo que aquellos que, con más o menos consentimiento, fueron redistribuidos en provincias diferentes quedan ahora enajenados en una muy diferente organización estatal. Lo peor, cuando la intelectualidad apologiza y reescribe el pasado en aras de una consagración de la novísima –y siempre provisional- redistribución de los territorios.
Ha poco, un amigo de Granada me hablaba de la novedad que –a su juicio- supone la creación de una entidad política con el nombre Andalucía, y –por el contrario- de la acreditadísima y potente entidad del Reino de Granada. Hoy, leo también un texto que sitúa el Marquesado de los Vélez en el contexto del reino nazarí, y ofrece como mera desinencia su fortísima integración -siempre dialéctica- con el obispado de Cartagena.
No ignoro los intereses ya gestados en torno a la nueva situación. Pero, quizás, una mirada moderna alcanzaría a ver la riqueza que se pierde en inventar reinos nuevos, en reconstruir o redefinir los antiguos, o en negar una política que antepusiera y recobrara el interés más general.
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En los años 30 del pasado siglo existió un grupo de intelectuales murcianos que reivindicaron el sudeste peninsular como una región con identidad económica y cultural. Me refiero al grupo de Cartagena formado por Antonio Oliver, Carmen Conde, José Rodríguez Cánovas, María y Andrés Cegarra Salcedo, etc., fraguado en torno a la Universidad Popular de dicha ciudad. Cabe citar, por otro lado, a los intelectuales murcianos encabezados por Raimundo de los Reyes y a los del llamado “Grupo de Orihuela” (sur de la provincia de Alicante y comarca de la Vega Baja del Segura), al que pertenecieron representativos escritores como Miguel Hernández, Ramón Sijé, Carlos Fenoll, Jesús Poveda, Justino Marín, etc., con sus más preclaros precursores en Gabriel Miró y Azorín. No en vano, en esos años, hubo una publicación de gran valía que llevaba el nombre de “Sudeste” y la colaboración, amistad e intercambio cultural entre los grupos oriolano, murciano y cartagenero fue muy intensa. Un poco descolgada, quizás, de aquel proyecto se quedó, intelectualmente hablando, la zona norte de Almería, por razones socioeconómicas y políticas, que no geográficas ni culturales. El sureste ha sido siempre una región con identidad propia, con una economía y una cultura propias que se expresan de forma esencial en la lengua que hablamos, así como por la historia común que compartimos. A pesar de las “fronteras” impuestas políticamente, los hombres y mujeres del sureste peninsular nos sabemos hermanados y tenemos unos intereses comunes, mucho más de lo que los medios de comunicación dominantes dejan ver porque no es “políticamente correcto” o no interesa en esta hora decadente y triste. La hipotética región del sureste parece condenada a una utopía que aparece y reaparece cuando mentes lúcidas de una y otra parte airean una realidad sólo cuestionable para quienes no interesa.